Escribir para ser, escribir para sanar, escribir para amar.

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Belice y Jaramillo

Jaramillo, obnubilado por los ojos de Belice, por su sonrisa, su cabello, su vestido, su sombrero, y por todos los detalles que hacían de ella una delicia, no pudo abrir la boca y empezó a retirarse con un gesto en la cabeza que parecía decir: “Dios mío, hazme desaparecer, ojalá no me haya visto”.

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